No me había dado cuenta hasta que me lo han comentado: “AH! tienes que ver el anuncio de Coca-Cola, salen unos tíos haciendo el tonto donde la terraza del Jazz-Bar”. Sí, la plaza de San Juan debería llamarse Plaza del Jazz-Bar, donde desembocan la calle Santa María y Moratín (subiendo un poco desde la Plaza Platería Martínez, en el Paseo del Prado con Huertas). Síiiiiii, en el de la reportera (ver).
Y es que, señoras y señores ¡gran plaza, gran terraza, gran bar! Imposible calcular las horas pasadas allí o repasar las compañías, creo que llevamos a todos nuestros conocidos.
Digamos que la calma es una de las características del bar, da igual que no quepa un alfiler o que esté vacío. El interior no es pequeño pero sí abigarrado y difícil: con escalones, columnas y un montón de rincones. Recogidito y con encanto. La nota amable, pero sin estridencias ni intentos de entablar conversación (gracias), la pone la dueña y el café de jarra que sirven por las tardes.
Lo más llamativo: ese camarero con su don de gentes, de amabilidad escueta... Una vez casi conseguimos que sonriese, pero no pasó de una mueca que también podría deberse a un pinchazo en la espalda, dolor de pies, picor en la nariz o simple desprecio. Se convirtió en un reto, pero nada, el tipo es inconmovible. Así, de factura menuda y ceñifruncido. con una camiseta a rayas azules y blancas al modo marinero retirado, te miraba cada día como si no te hubiese visto nunca, como si no hubieses pasado unas cinco horas la tarde-noche anterior (y la anterior y la otra...) apurando copa tras copa de cerveza. Antipático y de aspecto indolente, sí, pero correcto. Te deja en paz.
No menos entrañable resulta el camarero que se parece a Chema, "el de Barrio Sésamo" (descanse en paz el verdadero). Sobre todo porque acompaña su perenne sonrisa esbozada con mirada de conmiseración, como si se apenara por tu lamentable estado o por la cantidad de estupideces por minuto que, él lo sabe, puedes decir.
Y mientras, dentro o fuera, siempre hay hueco para complicidades, obsesiones, encuentros de café-caña-y-copa, maquinaciones terribles o inocentes, narraciones sexoacrobáticas, acoplamientos “casuales”, entusiasmo, ansiedad post-poética, indignación y planes rehechos. Todo acompañado de inagotables cacahuetes, cortezas y aceitunas. Y si no hay sitio (como suele ocurrir por estas fechas en la terracita) lo mejor es situarse estratégicamente junto a los que están terminando o esperan para pagar, la espera se aligera y la presión suele funcionar.
Estrategias y nostalgias aparte, el Jazz Bar, además de toda una institución, es un buen lugar para parar el tiempo, solo o en buena compañía. Y el que quiera comer más... que camine unos pasos hasta los Conspiradores (también magnífica cueva-taberna, perfecta para echar horas y horas).
Y de fondo Chet Baker
Boomp3.com
Y de fondo Chet Baker
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antes en: ¡No me aguanto más!


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