Hace tres años era sábado y pasé la tarde husmeando en la Feria del libro. Firmaba Javier Marías y me sorprendió cuán blanco y blando aparecía en persona. Me recordó una llamada pendiente, un librito con los Poemas en prosa de Oscar Wilde que envolver para regalo y aquella otra tarde de guardia y risas en la plaza de la Villa adivinando librerías atestadas tras alguna ventana.
Planeaba ir al Rastro al día siguiente a cambiar una de las dos zapatillas izquierdas que me habían vendido la semana anterior.
Hace tres años que mañana era domingo y se me atragantaba el último sorbo del café en una llamada y que un cajero se quedó por enésima vez con mi tarjeta.
Ayer me encontré de frente con otra vida, la que dejó de ser y la que empezó aquel día, la nueva, la superadora de tragedias, la rehecha. Y me dio pena y alivio ajeno, mitad y mitad. Y admiración por la capacidad de doblegar dolores.
Haría una fiesta, una sesión cinegastronómica temática o una audición completa de AC/DC. Porque creo firmemente en la responsabilidad del recuerdo. Pero no queda nadie común y cercano con quien compartir el homenaje.
Y hoy, esta noche, se despide más que un amigo, el soporte y la base de una gran parte de mi vida, familia de la elegida que se marcha más cerca de las mareas. Y esto es todo alegría por un cambio necesario y deseado. Esa coincidencia y contraste de fechas y pérdidas consuela.
Y mañana será jueves y habrá que trabajar.