viernes, 31 de octubre de 2008

Respuestas trascendentales

Hablando de insatisfacciones vitales, de trabajo como medio de vida o como vida a secas, de deseos vagos, de inseguridades, de la búsqueda de objetivos, de lo que queremos de la vida, de lo que no sabemos que queremos, de la gestión de proyectos e ilusiones… Entre caña y caña, mi amiga M, la viva imagen de la satisfacción (razonablemente feliz, o así me lo parece), me decía que procura no hacerse preguntas trascendentales. “Lo importante es el estar, no el ser”. Quizás ya tiene sus propias respuestas. Yo no. Echamos un buen rato sin convencernos mutuamente, no era necesario.

Luego, en la cama, abro el libro por donde lo había dejado:

La convicción de que la vida tiene una finalidad está grabada en todas las fibras del hombre, es una propiedad de la sustancia humana. Los hombres libres llaman de muchas maneras a tal finalidad, y sobre su naturaleza piensan y hablan mucho: pero para nosotros la cuestión es muy simple. Aquí y hoy, nuestra finalidad es llegar a la primavera.

Primo Levi, Si esto es un hombre

Claro, pero su aquí y hoy era un campo de concentración.

En fin, lo mejor será buscar un buen disfraz:
Dime algo que te de mucho miedo

miércoles, 22 de octubre de 2008

Lectura de Nobel

No, no me he lanzado a conocer a Le Clézio, tal vez espere 10 o 12 años. Descubro ahora a la polaca Wislawa Szymborska, Premio Nobel de Literatura 1996. Su nombre surgió en una conversación pública entre Félix Romeo, Sabino Méndez y María Eloy-García a la que asistí hará un mes. Romeo contó que la había entrevistado y me gustó su semblanza. Y creo que uno de los versos que citó María Eloy era el comienzo del primero de estos tres poemas:

FIN Y PRINCIPIO

Después de cada guerra
alguien tiene que limpiar.
No se van a ordenar solas las cosas,
digo yo.

Alguien debe echar los escombros
a la cuneta
para que puedan pasar
los carros llenos de cadáveres.

Alguien debe meterse
entre el barro, las cenizas,
los muelles de los sofás,
las astillas de cristal
y los trapos sangrientos.

Alguien tiene que arrastrar una viga
para apuntalar un muro,
alguien poner un vidrio en la ventana
y la puerta en sus goznes.

Eso de fotogénico tiene poco
y requiere años.
Todas las cámaras se han ido ya
a otra guerra.

A reconstruir puentes
y estaciones de nuevo.
Las mangas quedarán hechas jirones
de tanto arremangarse.

Alguien con la escoba en las manos
recordará todavía cómo fue.
Alguien escuchará
asintiendo con la cabeza en su sitio.
Pero a su alrededor
empezará a haber algunos
a quienes les aburra.

Todavía habrá quien a veces
encuentre entre hierbajos
argumentos mordidos por la herrumbre,
y los lleve al montón de la basura.

Aquellos que sabían
de qué iba aquí la cosa
tendrán que dejar su lugar
a los que saben poco.
Y menos que poco.
E incluso prácticamente nada.

En la hierba que cubra
causas y consecuencias
seguro que habrá alguien tumbado,
con una espiga entre los dientes,
mirando las nubes.

FOTOGRAFÍA DE LA MUCHEDUMBRE

En la fotografía de la muchedumbre
mi cabeza es la séptima de la orilla,
o tal vez la cuarta a la izquierda,
o la veinte desde abajo;
Grosz-Metrópolis
mi cabeza no sé cuál,
ya no una, no única,
ya parecida a las parecidas,
ni femenina, ni masculina,

las señales que me hace
son ningunos rasgos personales;

quizás la ve el Espíritu del Tiempo,
pero no la mira;

mi cabeza estadística
que consume acero y cables
tranquilísima, globalísimamente;

sin la vergüenza de ser una cualquiera,
sin la desesperación de ser cambiable;

como si no la tuviera en absoluto
a mi manera y por separado;
como si se hubiera desenterrado un cementerio
lleno de anónimos cráneos
en un aceptable estado de conservación
a pesar de su mortalidad;

como si ya hubiera estado allá
-mi cabeza, una cualquiera, ajena-

donde, si recuerda algo,
sea tal vez el profundo futuro.

LAS TRES PALABRAS MÁS EXTRAÑAS

Cuando pronuncio la palabra Futuro,
la primera sílaba pertenece ya al pasado.
Cuando pronuncio la palabra Silencio,
lo destruyo.
Cuando pronuncio la palabra Nada,
creo algo que no cabe en ninguna no-existencia.

(traducciones de Abel A. Murcia)

Estaciones

Las estaciones son punto de encuentro y despedida, llegada y partida, marcan el inicio de cambios ligeros o brutales. Con frecuencia, los andenes dan paso a nuevas experiencias, duraderas o breves. Me gustan las estaciones y los cambios.

Ante esas preguntas absurdas, formuladas para cuestionarios de revista o aligerar conversaciones poco fluidas, del tipo "¿cuál es tu estación favorita?" (y sus variantes directas e indirectas), me gusta contestar que Atocha, pero suelo ceñirme al contexto y elegir el otoño.

Por la lluvia intercalada, la pereza de las mañanas oscuras, las tardes cortas, el frío que no llega a ser frío, las mangas largas, "el cuchareo", el hueco del sofá y su manta… que invitan a quedarse en casa. Porque los aperitivos soleados vuelven a ser agradables. Cambian los sabores, los olores, los colores y los paisajes. Hasta la cartelera parece mejorar. Será, además, que estoy de buen humor.

El gris predominante no parece contagioso. Esta tarde, al mirar por la ventana me acordé de los versos de Vallejo:
Me moriré en París con aguacero,
un día del cual tengo ya el recuerdo.
Me moriré en París -y no me corro-
tal vez un jueves, como es hoy, de otoño
Y pienso que aún no ubico mi muerte, tal vez un día de otoño, quizás, como hoy, con aguacero, pero no un miércoles, no este al menos. Insisto, el otoño me sienta bien.

martes, 21 de octubre de 2008

Mi gozo en un pozo

Dos horas han durado las entradas para el 2 de abril.
Vale, la incertidumbre me mata, pero esta mañana aún cabía la posibilidad. Ya es una certeza, nos quedamos sin conciertazo. Lástima.

¡¡ROCK'N'ROLL!!

lunes, 6 de octubre de 2008

Un perfil ahumado

Tengo un personaje que no sabe qué hacer. Mejor dicho: no puede hacer nada, al menos no mucho. Por eso anda por los subsuelos, con un periódico en la mano para ocultar hábilmente las maniobras de sustracción de las mejores colillas del cenicero del andén. Yo tampoco sé qué hacer con él. Me persigue y me abandona desde que nos intuimos esperando un Cercanías en Atocha, hará cinco años. Desde que decidí conocerlo y construirlo. Pero no soy capaz. Se muda conmigo, cambia de carpeta y de proyecto, vacila entre el amago de cuento y el decorado irrelevante de una incipiente historia que nunca empieza a escribirse.

La persona es aquel señor mayor, entre 65 y 75 años, que pululaba por los andenes un verano de 2003 con un gratuito en la mano y tras de mi. Entendí por qué me “marcaba” cuando al ver acercase mi tren, apagué el cigarro casi entero en el cenicero más cercano en el andén. Mientras subía al vagón, me sorprendió la agilidad del anciano para ocultar la zona humeante del recipiente y su mano derecha, grande y manchada por la edad, terminó de apagar limpiamente mi colilla antes de conducirla, convenientemente parapetada tras el diario, al bolsillo de la chaqueta.

El personaje, sin embargo, lleva una bolsita en ese bolsillo, porque yo lo sé y lo prefiero, donde almacena las colillas de la jornada, de esas con cierre zip para guardar los sándwiches. En su chaqueta conviven el papel de fumar que le roba a su nieto y las boquillas más limpias de las colillas recuperadas. Ya nada es suyo, todo es de otros y tiene que pedirlo, o cogerlo. Vive con su hija, su yerno y sus dos nietos adolescentes que lo tratan como a un infraser. A él, que vio reconstruirse este país, aquel que soñaba en su juventud en tertulias clandestinas. Su hija le riñe como a un hijo tonto, le impone las horas de llegar a casa, vigila su dieta, le prohíbe fumar, beber… y nada más porque ni siquiera le concede el beneficio de la potencia sexual. Ella, educada con mimo para romper las barreras de cristal, para ser autosuficiente, para elegir… y que se casó con un cretino al que ahora no aguanta, pero lo aguanta. Ella, intentando controlar la vida de su padre sin saber guiar la suya. Da igual que sea Ricardo, su más antiguo amigo vivo, pero muerto: alzehimer, quien no reconozca ya ni su imagen en el espejo. Da igual que estés enfermo o no, te tratan igual, será que inconscientemente esperan tu muerte y asumen la obligación moral de ejercer de cuidadores. Si su Teresita levantara la cabeza…

O es un hombre solo, nadie lo vigila y nadie lo espera. Él, que siempre presumió de independencia, sale ahora de su frágil piso de alquiler para ver la vida, las obras y los trenes, y mantiene el único vicio practicable que le queda -nunca bebió-, a base de sutiles préstamos ciudadanos, para no gastar su subsidio de anciano inservible. A veces tiene miedo de haber pasado de puntillas y por el pasillo de la vida, sin decidirse a entrar en una u otra habitación. Siempre en el portal o en el patio. Estancias cortas, fragmentarias. En otras ocasiones, se enorgullece de no haber cedido a las convenciones imperantes. Todavía duda, por eso continúa.

O ex profesor de Biología, que vive con uno de sus hijos para salvar su economía familiar con su pensión, en lugar de viajar como había planeado.

O ha sido estibador, profesor de baile, camarero y mecánico antes que cocinero. Y ahora repite cada día el mismo recorrido que hacía a diario antes de jubilarse, de casa al restaurante y de vuelta sin trabajar. Por el camino, un pitillo reconstruido.

O un anciano razonablemente feliz, aunque la pensión haya mermado su poder adquisitivo, satisfecho con su vida y esperando sin prisa la muerte. Con tantos deseos cumplidos como cosas por hacer, con ilusión pero sin miedo a desaparecer, que simplemente ha eliminado gastos superfluos para adaptarse a la jubilación. No. Este no es mío.

En cualquier caso, no sé cómo seguir ni dónde encajarlo. Quizás no importa su vida anterior, sólo que ahora camina por los andenes haciendo acopio de colillas mal apuradas de 9 a 2.

Lo mío son los intangibles, los proyectos, lo potencial, lo inasible y lo inacabado.

jueves, 2 de octubre de 2008

Retóricas vacías

Tras una compleja conversación telefónica:

Yo: No te preocupes, tú mándame los datos y ya me apaño.
El otro: Es que la problemática del asunto rescinde de
(el terror sacude mi médula)
Yo: ya te digo, no te compliques…

Me envían un elaborado texto del que extraigo algunos fragmentos:

"...resuelve muchos de los problemas que vienen sucediendo…"
"y en consecuencia este hecho trasciende indirectamente a los…"
"como veníamos adelantando…"
"La problemática de esta penúltima fase de la cadena de comercialización, erradica sobre todo en las distintas prácticas…"
"Todo ello con el fin de expedir a un cliente o…"

Se me saltan las lágrimas...