viernes, 27 de noviembre de 2009

El comienzo sí importa

Impresionante, el inicio de Bajo el signo de Marte de Fritz Zorn:
Soy joven, rico y culto; y soy infeliz, neurótico y estoy solo. He tenido una educación burguesa y me he portado bien toda mi vida. Por supuesto, también tengo cáncer, cosa que se deduce automáticamente de lo que acabo de decir.
Ahí queda eso. No empezaba un libro con tales expectativas desde aquel memorable «Soy un hombre enfermo... Soy un hombre rabioso[...]»:
Soy un hombre enfermo… Soy un hombre rabioso. No soy nada atractivo. Creo que estoy enfermo del hígado. Sin embargo, no sé un higo de mi enfermedad y seguramente tampoco pueda precisar qué es lo que me duele. No estoy en tratamiento y nunca lo estuve, aunque siento respeto por la medicina y los médicos. Además soy supersticioso a más no poder, aunque lo justo como para respetar la medicina. (Tengo la suficiente formación como para no ser supersticioso, pero lo soy). Y si no deseo curarme es por rabia. Probablemente ustedes no estén dispuestos a entender esto. Pero yo sí que lo entiendo. Claro, que tampoco sabría decirles a quién exactamente estoy fastidiando con mi rabia (…)

martes, 17 de noviembre de 2009

Bru Rovira, síganlo

Bru Rovira no se ha ido, sólo dejó La Vanguardia y este verano en Gijón explicó por qué:
Hay que salir para cambiar las cosas, ya no se puede contar con las empresas. El ideal antiguo de que desde las empresas se puede modificar el mundo… se ha perdido, no hay debate en las redacciones. Y yo lo dejo, me voy.

Se ha acabado esto, esto se ha acabado, los medios están comprados. El periodismo ha ido perdiendo el contexto, el discurso de la palabra, se ha redirigido hacia las emociones y el espectáculo: es una mercancía.

Soy un ex periodista de La Vanguardia. El diario que he dejado es silencioso, con personas con horarios y sueldos fijos, en el que nadie viaja.
Está bien, es un ex periodista de La Vanguardia, pero no creo que sea un ex periodista. Quiero pensar que volveré a leer sus reportajes en alguna parte, que seguirá en la brecha de una u otra forma. Por lo pronto, hasta el 28 de febrero, CaixaForum Madrid expone Maternidades, un proyecto que reúne una serie de fotografías cuyos protagonistas son las madres y sus hijos.

Rovira es uno de los mejores reporteros españoles, de esos que casi no quedan, riguroso, certero, gran narrador y voz de las víctimas. Un buen ejemplo de su trabajo es Áfricas. Cosas que pasan no tan lejos (RBA, 2006), donde narra sus viajes a Sudán, Somalia, Liberia y Ruanda como enviado especial de La Vanguardia.
Eran tiempos en los que todavía se podían contar historias de doce folios y el estilo propio del reportero se consideraba una cualidad y no un impedimento.
El libro supera con creces la mera recopilación de reportajes, recorre el continente africano a través de cuatro de los conflictos más sobrecogedores de la última década del siglo XX y principios del XXI. Es el relato de posguerras olvidadas de las que los focos ya se fueron, queda la miseria, la corrupción, la violencia...
Esta subversión de los mecanismos de control de la sociedad, esta pérdida del poder de los ancianos, de la palabra y la tradición a favor de las milicias y del lenguaje de la fuerza, no es algo que deba sorprendernos, pues allí donde se utiliza la guerra para resolver los conflictos humanos, los combatientes acaban por apropiarse de la gestión del Estado (o lo que queda de él). Violencia justa. Violencia como venganza. Violencia como defensa. Violencia por lo que me han hecho. Violencia por lo que yo he hecho. Violencia para sobrevivir. Cada vez es mayor la convulsión provocada por este ciclo infernal, cada vez resulta más difícil poner límite al principio que lo alimenta. El poder ha cambiado de manos y la sustitución del gerrero por el civil sólo será posible cuando el guerrero sea rechazado por una sociedad más fuerte que su fusil. Mientras tanto, tendremos que contar por generaciones humanas el precio de la guerra.

A veces, cuando te preguntan qué harías si en tu país volviera a haber una guerra, me viene a la mente la respuesta del loco, la imagen que leí en uno de los libros de Manolo Vázquez Montalbán: me comería una paella y bajaría por las Ramblas de las Flores con los brazos extendidos hacia el cielo para que las primeras bombas mataran a un hombre que se ríe de los soldados y de su infierno.

martes, 10 de noviembre de 2009

El secreto de sus ojos

Campanella no defrauda. El secreto de sus ojos es una de las mejores películas del año, si no la mejor. Una interpretación magistral la de los actores, ¡qué manera de mirar! de decir con los ojos lo que no cuenta el guión.

Especialmente grande es la intervención de Guillermo Francella encarnando el dolor de la lucidez empapado en alcohol. La mirada de Darín gana con los años. Soledad Villamil anhelante, entre la decepción y la esperanza. Magnífico el reparto al completo y magnífica la historia, a la búsqueda de la Justicia.

No la quiero destripar, vayan a verla y discutan después sobre la Justicia, la Vida, la Venganza, la Pasión, la Maldad...



Es maravillosa la complicidad entre Espósito (Darín), que necesita resolver el pasado para afrontar el futuro, e Irene (Villamil) cuando afirma: “mi vida entera es mirar para adelante, atrás no es mi jurisdicción”. Sandoval (Francella) ejerce la ironía desde la verdad, es él quien nos descubre lo inmutablemente humano, la pasión: “el tipo puede cambiar de todo, pero hay una cosa que no puede cambiar. No puede cambiar de pasión”.

Si no la ha visto, NO SIGA LEYENDO.

Y Ricardo Morales (Pablo Rago) se hace cargo de administrar la Justicia que le niegan desde la serenidad que otorga saber sacrificar la vida para consumar una venganza. Y el malo (Javier Godino)... sin fisuras, con el odio y la brutalidad asomando en la pupila. Y la inmensidad del castigo... ese silencio... Ya digo, MAGNÍFICA.