martes, 17 de noviembre de 2009

Bru Rovira, síganlo

Bru Rovira no se ha ido, sólo dejó La Vanguardia y este verano en Gijón explicó por qué:
Hay que salir para cambiar las cosas, ya no se puede contar con las empresas. El ideal antiguo de que desde las empresas se puede modificar el mundo… se ha perdido, no hay debate en las redacciones. Y yo lo dejo, me voy.

Se ha acabado esto, esto se ha acabado, los medios están comprados. El periodismo ha ido perdiendo el contexto, el discurso de la palabra, se ha redirigido hacia las emociones y el espectáculo: es una mercancía.

Soy un ex periodista de La Vanguardia. El diario que he dejado es silencioso, con personas con horarios y sueldos fijos, en el que nadie viaja.
Está bien, es un ex periodista de La Vanguardia, pero no creo que sea un ex periodista. Quiero pensar que volveré a leer sus reportajes en alguna parte, que seguirá en la brecha de una u otra forma. Por lo pronto, hasta el 28 de febrero, CaixaForum Madrid expone Maternidades, un proyecto que reúne una serie de fotografías cuyos protagonistas son las madres y sus hijos.

Rovira es uno de los mejores reporteros españoles, de esos que casi no quedan, riguroso, certero, gran narrador y voz de las víctimas. Un buen ejemplo de su trabajo es Áfricas. Cosas que pasan no tan lejos (RBA, 2006), donde narra sus viajes a Sudán, Somalia, Liberia y Ruanda como enviado especial de La Vanguardia.
Eran tiempos en los que todavía se podían contar historias de doce folios y el estilo propio del reportero se consideraba una cualidad y no un impedimento.
El libro supera con creces la mera recopilación de reportajes, recorre el continente africano a través de cuatro de los conflictos más sobrecogedores de la última década del siglo XX y principios del XXI. Es el relato de posguerras olvidadas de las que los focos ya se fueron, queda la miseria, la corrupción, la violencia...
Esta subversión de los mecanismos de control de la sociedad, esta pérdida del poder de los ancianos, de la palabra y la tradición a favor de las milicias y del lenguaje de la fuerza, no es algo que deba sorprendernos, pues allí donde se utiliza la guerra para resolver los conflictos humanos, los combatientes acaban por apropiarse de la gestión del Estado (o lo que queda de él). Violencia justa. Violencia como venganza. Violencia como defensa. Violencia por lo que me han hecho. Violencia por lo que yo he hecho. Violencia para sobrevivir. Cada vez es mayor la convulsión provocada por este ciclo infernal, cada vez resulta más difícil poner límite al principio que lo alimenta. El poder ha cambiado de manos y la sustitución del gerrero por el civil sólo será posible cuando el guerrero sea rechazado por una sociedad más fuerte que su fusil. Mientras tanto, tendremos que contar por generaciones humanas el precio de la guerra.

A veces, cuando te preguntan qué harías si en tu país volviera a haber una guerra, me viene a la mente la respuesta del loco, la imagen que leí en uno de los libros de Manolo Vázquez Montalbán: me comería una paella y bajaría por las Ramblas de las Flores con los brazos extendidos hacia el cielo para que las primeras bombas mataran a un hombre que se ríe de los soldados y de su infierno.

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