sábado, 16 de agosto de 2008

Limpiando el trastero

Primero, arreglar asuntos pendientes. Hay que ser prácticos. Y con tiempo por delante para la recuperación, hacer limpieza, a fondo, de arriba a abajo, por ese orden. Lo antes posible, sin pensarlo mucho. Y, asumiendo la entropía y antes de que el calor-muerte de estos lares acabe conmigo, con Félix Grande,

Pienso en Pessoa: “Estoy en el fondo de un pozo sin fondo”. Advierto que soy el habitáculo de una locura pequeñita: un breve retoño asustado que aún parece negarse a crecer hasta su indescifrable disolución en el infierno del cerebro roto.

Pegar los trozos de materia gris, estómago o corazón (cada cual con lo que más viva), quizás por tratarse de tejidos blandos, no es tarea fácil. Lanzarse a una reparación desesperada cuando el servicio técnico básico hace meses que no funciona puede que no sea la mejor idea, pero así somos, inconsolables en búsqueda de salvación. Prefiero el desconsuelo a la psicopatía peligrosa y al odio infinito.

Y una señal inequívoca de la certeza o el desatino –que al final vienen a ser lo mismo- es la sensación, aún no sé si real, de haber dejado por fin los deshechos en el contenedor. Liviano y casi vacío, el pecho, como los lagrimales, cuando el eco del (des)aliento contenido retumba y el esternón se duele.

En plena limpieza de desván me decían que no es una debilidad mostrar las cartas, los sentimientos, frente a los demás. Curioso, mucho, que te lo diga alguien que nunca muestra las suyas, pero en fin… Hablando de otras cosas, la misma persona me pregunta por qué destruyo o no difundo la mayoría de lo que escribo. ¿Por qué? coño, por pudor, aunque esté desfasado en este mundo repleto de diarios privados públicos. Recuerdo, busco y encuentro un artículo de Javier Marías publicado hace unos meses con el título “Conservar o destruir” en el que reflexionaba sobre la pertinencia de publicar correspondencia privada de personas públicas:

A veces, en confianza, se dicen cosas exageradas o poco meditadas acerca de terceros; o provisionales, que responden a un enfado momentáneo sin mayor trascendencia, o al mero mal humor del día en que se cogió la pluma y se habló con un amigo, tal vez para desahogarse y después olvidarse. Esos prontos, sin embargo, cuando aparecen impresos al cabo del tiempo, adquieren una gravedad que jamás tuvieron, (...). Por no hablar de las cartas amorosas, que a ojos de un espectador tardío resultan fácilmente ridículas y aun grotescas, o salaces, o cursis, u obsesivas. Hace treinta años yo le escribí una larguísima carta –en forma de diario, a lo largo de días– a una novia muy querida que me había dejado. Sin duda intentaba darle pena –o dicho más noblemente: que conociera mi sufrimiento– y también crearle mala conciencia, si es que ambas cosas no son la misma. Seguro que si hoy tuviera oportunidad de leerla, me daría mucha vergüenza y me reprocharía habérsela escrito, y sobre todo habérsela enviado.

Escribir es una terapia tan barata... Sí. Y una forma de ordenar pensamientos y argumentos que ayudan a tomar decisiones. Una vez sobre papel o pantalla las razones que nos justifican para tal o cual cosa se perciben menos razonables, o más. Depende. Pero en muchas ocasiones estos vómitos emocionales no tienen más valor que el aligerar el peso y el paso de la existencia.

En estas productivas cavilaciones he llegado al ecuador vacacional... y la limpieza a medio hacer.

antes en: ¡No me aguanto más!

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