Y una señal inequívoca de la certeza o el desatino –que al final vienen a ser lo mismo- es la sensación, aún no sé si real, de haber dejado por fin los deshechos en el contenedor. Liviano y casi vacío, el pecho, como los lagrimales, cuando el eco del (des)aliento contenido retumba y el esternón se duele.
En plena limpieza de desván me decían que no es una debilidad mostrar las cartas, los sentimientos, frente a los demás. Curioso, mucho, que te lo diga alguien que nunca muestra las suyas, pero en fin… Hablando de otras cosas, la misma persona me pregunta por qué destruyo o no difundo la mayoría de lo que escribo. ¿Por qué? coño, por pudor, aunque esté desfasado en este mundo repleto de diarios privados públicos. Recuerdo, busco y encuentro un artículo de Javier Marías publicado hace unos meses con el título “Conservar o destruir” en el que reflexionaba sobre la pertinencia de publicar correspondencia privada de personas públicas:
A veces, en confianza, se dicen cosas exageradas o poco meditadas acerca de terceros; o provisionales, que responden a un enfado momentáneo sin mayor trascendencia, o al mero mal humor del día en que se cogió la pluma y se habló con un amigo, tal vez para desahogarse y después olvidarse. Esos prontos, sin embargo, cuando aparecen impresos al cabo del tiempo, adquieren una gravedad que jamás tuvieron, (...). Por no hablar de las cartas amorosas, que a ojos de un espectador tardío resultan fácilmente ridículas y aun grotescas, o salaces, o cursis, u obsesivas. Hace treinta años yo le escribí una larguísima carta –en forma de diario, a lo largo de días– a una novia muy querida que me había dejado. Sin duda intentaba darle pena –o dicho más noblemente: que conociera mi sufrimiento– y también crearle mala conciencia, si es que ambas cosas no son la misma. Seguro que si hoy tuviera oportunidad de leerla, me daría mucha vergüenza y me reprocharía habérsela escrito, y sobre todo habérsela enviado.
En estas productivas cavilaciones he llegado al ecuador vacacional... y la limpieza a medio hacer.
antes en: ¡No me aguanto más!

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