domingo, 6 de julio de 2008

Andalucía va bien

En mi semana de desconexión también me perdí otra censurable noticia que deshonra una vez más a la Consejería de Empleo del socialdemócrata, moderno y eterno gobierno andaluz. No es que tire piedras sobre el propio tejado, es que el centro-derecha del PSOE y la derecha-derecha del PP cada vez esconden peor sus muchas semejanzas. Pego a continuación el artículo de Juan Torres López publicado en su página el 24 de junio:

Me censuran un artículo en una revista del Gobierno andaluz

Hace unos meses me pidieron un artículo sobre calidad del empleo para la Revista Empleo que edita la Consejería del mismo nombre del gobierno andaluz. Después de no haberme dicho nada, me entero por casualidad de que han decidido no publicarlo. No me dan razones de calidad o rigor, de modo que tengo que deducir que los celosos guardianes de la ortodoxia gubernamental han decidido que era demasiado crítico o qué sé yo. Este es el artículo censurado. Juzguen ustedes mismos sobre lo que tenemos en Andalucía.

“Calidad del empleo en Andalucía: causas, expresiones y remedios”
Juan Torres López. Catedrático de Economía Aplicada de la Universidad de Málaga.

En los últimos decenios se han venido produciendo cambios muy importantes en los mercados laborales que han llevado consigo efectos así mismo muy relevantes sobre las condiciones de trabajo y, en consecuencia, sobre el bienestar general de nuestras sociedades. Los conflictos sociales y la crisis productiva de los años setenta generaron un enfrentamiento directo entre los diferentes sectores y clases sociales y entre los gobiernos y organizaciones que los representaban a la hora de ofrecer alternativas al conjunto de la sociedad. Como es bien sabido, fueron las fuerzas más a la derecha (las que estaban detrás de la “revolución conservadora” inicialmente liderada por Margaret Thatcher, Ronald Reagan y Juan Pablo II, cada uno en su respectivo ámbito de actuación) las que resultaron claramente triunfadoras. Aplicaron con dureza (y en algunos países incluso con sangre y crímenes de estado) medidas orientadas a disminuir el poder sindical, a fortalecer la dinámica del mercado y a renunciar en la mayor medida de lo posible a la intervención del estado. En el ámbito de la política macroeconómica se cambió su orientación para pasar a privilegiar las medidas antiinflacionistas que implicaban control salarial y políticas monetarias muy restrictivas que eran las más claramente favorables a los propietarios de capital. Y, paralelamente, se renunció de facto al objetivo del pleno empleo, provocando un alza
generalizada del paro, algo que en realidad se iba buscando, pues gracias al desempleo se podía disciplinar las reivindicaciones de los trabajadores y hacerlos más dóciles a la hora de aceptar las condiciones laborales cada vez más deterioradas que se les iban a imponer. El que fue ministro de economía español, Carlos Solchaga, lo reconoció claramente en su libro El final de la edad dorada (p. 183): "La reducción del desempleo, lejos de ser una estrategia de la que todos saldrían beneficiados, es una decisión que si se llevara a efecto podría acarrear perjuicios a muchos grupos de intereses y a algunos grupos de opinión pública".

La liberalización de los mercados internacionales, la desaparición de las barreras proteccionistas (salvo las que imponen frente a los países pobres las economías más ricas del mundo) y el establecimiento de un orden institucional que permite la deslocalización de las empresas para que éstas se sitúen allí donde puedan encontrar salarios o impuestos más favorables, desarmaron a las clases trabajadoras, que veían cómo sus demandas de mejores condiciones de empleo (o simplemente el mantenimiento de las que había hasta ese momento) no provocaban más respuesta que la estampida de las empresas hacia otras latitudes.

Las reformas laborales crearon el marco jurídico que ampara todos estos cambios y el individualismo y el ensimismamiento promovidos por los grandes aparatos de conformación de la mentalidad social forjaron un ambiente y un clima moral en donde cada uno tiende a buscar aisladamente solución a sus problemas laborales en lugar de encontrarla en las redes o en los grupos sociales organizados. En ese caldo de cultivo no podía crecer sino un tipo de empleo cada vez más precario, inestable, desigualador y de bajo salario. De peor calidad.

Andalucía no ha podido ser ajena a esos cambios y por eso nuestro mercado laboral presenta también (e incluso en mayor medida que el español en su conjunto) los rasgos típicos del empleo neoliberal de baja calidad de nuestra época.Para hacerse una idea de la situación comparativa podemos partir del porcentaje que nuestra población representa sobre el total español: el 17,4%. Un porcentaje en torno al que tendrían más o menos que estar el resto de indicadores laborales. Pero no es así. Según los datos del Instituto de Estadística de Andalucía (febrero de 2008) nuestro peso es menor en cuanto a ocupados (15,73%) y sobre todo en ocupadas (14,61%) o en afiliados a la Seguridad Social (14,34%) Y, por el contrario, es mucho mayor el porcentaje de parados andaluces sobre el total nacional (27,19%) puesto que nuestra tasa de paro es casi seis puntos superior a la total y ocho en el caso de las mujeres.

En Andalucía también es considerablemente más alta la temporalidad como demuestra el que un 42,6% de los asalariados tienen contrato temporal frente al 30,9% nacional. Y aunque en Andalucía están solamente el 15,7% de los ocupados españoles, aquí se produjeron en 2007 el 19,5% de los accidentes laborales y el 16,3% de las muertes por este concepto, lo que indirectamente indica que las condiciones materiales de trabajo son aquí algo peores que en el resto de España.

Los salarios también son más bajos en Andalucía que en el conjunto nacional. Según las estadísticas tributarias que elabora el Ministerio de Hacienda, en 2006 los asalariados andaluces recibieron un salario medio equivalente al 82,86% del nacional, y al 79,78% en el caso de las mujeres. Siendo, además, nuestro mercado laboral más desigual que el nacional, que ya es de por sí el más desigual de Europa: las mujeres andaluzas tienen un salario medio equivalente al 66,49% de los hombres, frente al 69% para el conjunto nacional.

Una buena muestra de la peor situación salarial en Andalucía es que aquí se encuentra el 24,79% de los trabajadores españoles que ganan menos de la mitad del salario mínimo o alrededor del 21% de los “mileuristas” españoles, según las mencionadas estadísticas tributarias.[leer artículo completo]

Economía ética, gran paradoja.

antes en: ¡No me aguanto más!

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