36 años. Ni tan joven ya,
ni todavía viejo. Una edad rara
–dicen–, seria; una edad gris.
No lo sé. Suficiente, eso sí,
para que a veces sientas
que los mejores días han volado.
Y, lo que es peor aún,
que no fueron tan buenos.
Seguro que esta historia te suena, Karmelo C. Iribarren

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