miércoles, 6 de agosto de 2008

Breves como fotos

Los poemas no se parecen a los cuentos, ni tan siquiera cuando son narrativos. Todos los cuentos tratan de batallas, de un tipo o de otro, que terminan en victoria y derrota. Todo avanza hacia el final, cuando habremos de enterarnos del desenlace.Indiferentes al desenlace, los poemas cruzan los campos de batalla, socorriendo al herido, escuchando los monólogos delirantes del triunfo y del espanto. Procuran un tipo de paz. No por la hipnosis o la confianza fácil, sino por el reconocimiento y la promesa de que lo que se ha experimentado no puede desaparecer como si nunca hubiera existido. Y, sin embago, la promesa no es la de un monumento. (¿Quién quiere monumentos en el campo de batalla?) La promesa es que el lenguaje ha reconocido, ha dado cobijo, a la experiencia que lo necesitaba, que lo pedía a gritos.

Y nuestros rostros, mi vida, breves como fotos. John Berger

Yo sí creo que algunos poemas se parecen a los cuentos, aunque no sean narrativos. Pero estoy totalmente de acuerdo en que es la poesía la que salva, la que más consuela, la que apacigua o altera. Y aquí me enganchó mi primera lectura vacacional, en plena desconexión, necesité algunas páginas para entrar con entusiasmo en esta miscelanea, prosa, poesía, ensayo, estilo epistolar... juntos y revueltos con gran acierto. En apenas 100 páginas, Berger escudriña el tiempo y el espacio. Y en ellos o a través de ellos, la vida y la muerte, el arte... en textos breves y atemporales. Aborda el dolor y el placer. Y la experiencia artística, eso indefinible que se mueve dentro de uno ante determinadas obras. La magia de conmover y conmoverse con las palabras, la pintura, la música. Sensaciones personales e intrasferibles que en cada uno son únicas:

"La felicidad humana es algo escaso. No hay periodos felices, sólo momentos felices. Pero la felicidad es precisamente un placer generalizado. Y el estado de felicidad puede definirse mediante una ecuación, según la cual, y en ese momento, el don del propio bienestar es igual al don de la existencia. Si el placer no superara la gratificación funcional, no podría existir ese bienestar. La experiencia estética es la expresión más pura de esta ecuación."

También el desarraigo, la migración, la pérdida y el abandono, el concepto de hogar:

"(... )al girar en círculos, los desplazados conservan su identidad e improvisan un lugar donde cobijarse. ¿De qué está hecho? De costumbres, creo, de las materias primas de la repetición convertidas en cobijo.(...) El hogar ha dejado de ser una vivienda para ser el cuento no contado de una vida que está siendo vivida. En el sentido más crudo, el hogar es tan sólo el nombre de uno, cuando para la mayoría de las personas no tienes nombre."

Me encuentro incluso esa sensación que me acompañó en la infancia: "la idea de que la vida, tal como la vivimos, es un cuento que está siendo contado, es recurrente", dice Berger.

En mi caso, casi me atormentaba la idea de ser parte del sueño de alguien, ¿qué pasaría si se despertara? Luego le daba la vuelta e imaginaba la vida de los personajes de mi último sueño ¿tendrían ellos la misma sensación? Y fue a peor, veía en un hormiguero una comunidad inconsciente de estar a merced de gigantes. En fin, traumas infantiles o efectos colaterales literarios. Algún día me lo haré mirar. Pero el caso es que la lectura de Y nuestros rostros, mi vida, breves como fotos resulta deliciosa e insubrayable, cada párrafo es susceptible de análisis y de reseña. Hacia la mitad, ya piensas en volverlo a empezar, con la sensación de haberte perdido algo en distracciones involuntarias.

antes en: ¡No me aguanto más!

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